Los vecinos de Camelle nunca llegaban a aburrirse. El mar trae suficientes
cosas con la marea, como para que todos los días hubiese alguna novedad.
Cuentan que un día naufragó un barco mercante dejando escapar de su interior
latas de leche condensada que fueron a parar a las playas de Camelle. De ahí
las recogió un paisano pensando que eran botes de pintura y con ellos pintó su
casa dejándola tan dulce que ninguna mosca se resistió a probarla.
Pero la
rutina siempre se acaba notando, haya o no haya mar, por eso, cuando en el año
1962 llegó Manfred, en el pueblo no se hablaba de otra cosa. Esta vez la
novedad apareció por tierra, desde Alemania, joven, guapo y bien vestido. Pero
cuando digo que no se hablaba de otra cosa no me refiero al momento justo en
que llegó, pues los gallegos, muy cordiales, están acostumbrados a recibir
gente de todas partes y a alentarles en su peregrinaje. Fue al anunciar que no
venía a ver a Santiago sino a instalarse en el pueblo cuando Manfred causó
impresión. Como buenas anfitrionas Lola de Benadita y Carmen de Chuco le
habían dado alojamiento y algo de comer, pero cuando vieron que la cosa iba
para largo y que el alemán no hablaba español, le propusieron irse a vivir a
casa de Euxenia Heim con la que podría hablar en su idioma.
Al parecer
Manfred había encontrado su lugar. ¿Cuánto tiempo habría estado buscándolo y
por qué se fue de donde estaba? Quizá quería huir de una infancia marcada por
la guerra y por la muerte de su madre, quizá de la justicia de su país o de la
rabia de un marido celoso; incluso pudo ser un millonario al que el dinero no
le hizo feliz y decidió abandonarlo todo por una vida tranquila; o una persona
con mucha vida interior, desubicada y decidida a dedicar su vida al arte sin
tener que pasar por el aro... se hicieron todo tipo de especulaciones desde su
llegada, pero si él mismo le contó la verdad a alguna persona en Camelle, ésta
ha sabido muy bien guardarle el secreto.
Eligió este
sitio porque era estratégico, el campo de batalla perfecto para explorar la
flora y la fauna del mar y de la tierra y dejarse de luchas. Además ese mar
grisáceo de arena parda le ayudaría a hacer su trabajo en el taller, dándole
materiales e ideas para sus pinturas y esculturas.
Durante esos
años de recién llegado iba a misa todos los domingos, así escuchaba las
palabras de Dios y las de su diosa, con la que solía quedarse hablando a la
salida. Ella que era maestra sabía inglés. Una lengua en común y otra que
aprender y que enseñar marcaban el rumbo de largas conversaciones de las que
nunca se cansaban. Manfred se había enamorado, pero ella esperaba el día en
que llegase del mar su marinero para casarse. Y llegó y a ella la destinaron a
otro lugar y a Manfred se le fue la razón de posponer durante más tiempo la
idea que venía madurando desde que partió de Alemania: levantar su casa-museo
a orillas del mar.
Fueron unos
vecinos de Camelle los que le construyeron una pequeña casilla junto a las
rocas que luego él compró por el precio simbólico de una peseta. Se quitó el
traje para ponerse un taparrabos y a su nombre le quitó una sílaba, porque
significaba paz y la paz no existe. Poco a poco las rocas se fueron
convirtiendo en un acuario. Era como si Man quisiera construirse un decorado
imitando las profundidades del mar. Su casa sería el barco hundido; las
esculturas esbeltas y de formas curvas, los corales, algunos pintados con
colores llamativos; las flores y las plantas serían algas de todas las clases
y el resto se lo iría prestando el mar.
Cuando abandonó su tierra buscaba un paraíso en el que aislarse, hasta el
punto de imponerse la barrera del lenguaje, una de las más grandes que se
pueden establecer. Pero nunca fue huraño ni perjudicó a nadie, por eso su plan
no salió al pie de la letra y se sorprendía diciendo:
-Es curioso, yo me vine aquí para estar alejado del mundo y ahora es el mundo
el que se acerca a mí.
Y es que al poco tiempo de comenzar a llenar su museo, Man y sus obras se
convirtieron en el reclamo de Camelle. Muchos acudían a visitar este pequeño
trozo de costa lleno de encanto, tan irreal que parecía sacado de un cuento.
Un pedacito de bosque o de jungla lleno de sorpresas que tenía el misterio de
las cosas desordenadas y revueltas que hay que ir descubriendo poco a poco. Y
el misterio de la mente de Man. Pero aquellos que han ido a verlo saben cuánto
disfrutaba con las visitas aunque le quitasen tiempo para trabajar.
Se dejaba la vida en su casa-museo, piedra sobre piedra, pinturas redondas
como planetas, troncos, huesos, un teclado de ordenador oxidado... materiales
que el mar le traía y que él encontraba por los alrededores. Incluso cuando
salía a hacer ejercicio y a recoger hierbas para sus infusiones terapéuticas
miraba y observaba lo que se le iba cruzando en el camino con vistas a
utilizarlo a la vuelta. Estaba en un estado continuo de creación regida por la
ley del máximo esfuerzo. Por eso cuando llamaba “mis hijos” a sus obras nadie
se extrañaba, ya que le veían volcarse en ellos como un auténtico padre. Como
padre, quiso también asegurarles un buen futuro para cuando él muriese. Man
sabía que si la gente adquiría sensibilidad por su obra no dejarían que ésta
fuese destruida. Así pues decidió darse a conocer utilizando los medios de
comunicación de masas que tan poco le gustaban.
Estableció un curioso sistema de pago: “cien pesetas, y si quieres hacer fotos
cien pesetas más, si no haces dibujo pagas doble”. Repartía un bolígrafo y una
pequeña libreta a todos los que traspasaban el murete adornado con círculos de
colores que delimitaba su jardín. En ella tenían que dibujar cualquier cosa
que transmitiese lo que veían, o lo que más llamaba la atención, o lo más feo,
daba lo mismo, él sólo pedía un dibujo. Guardó celosamente todas las libretas
que los visitantes habían ido rellenando a lo largo de la historia de su
museo. Le gustaba que a lo que él comunicaba a través de su obra se le diese
una respuesta utilizando el mismo medio, ¡una bonita forma de estudiar el
lenguaje artístico!
Solía mostrar el lado bueno de las cosas y hablaba poco de las penurias que
había pasado, esas que engordan cuando uno decide seguir su vida por un camino
tan lejano al que sigue la mayoría y desde tan cerca. Lo que más le dolía a
Man era ver cómo Camelle iba siendo transformado por la mano de la
industrialización. Más que los insultos que a veces recibía por parte de
aquellos que no entendían que fuese diferente. ¡Y es que creía haber
encontrado un lugar tan perfecto que le parecía intocable!, pero esto siempre
ha hecho sonreír a los que valoran el progreso económico por encima de la
ecología y de tantas otras cosas. Lo malo es que la sonrisa se convirtió en
hostilidad cuando vieron que Man estaba decidido a no dejar que las máquinas
modificasen la costa y se presentaba todas las mañanas desnudo ante las grúas
que iban a construir el puerto. Como no pudo luchar contra el interés de todo
el pueblo, una vez construidos los muros de cemento decidió utilizarlos como
lienzo. Iban desde Camelle hasta Arau bordeando el mar.
Ese era un tiempo en el que se sentía con fuerzas para arreglar estropicios.
Ya era viejo pero tenía una salud fuerte y muchas ganas de vivir. Dicen que no
fue más que una vez al médico desde que llegó a Camelle y fue debido a la
mordedura de un perro que sólo se dejaba acariciar por Man y por su dueño.
Pero nada de resfriados a pesar de que tanto en verano como en invierno vestía
sólo su taparrabos y se metía a nadar en las aguas heladas del Cantábrico. Los
pescadores le habían visto llegar muy lejos, hasta donde se hundió aquel barco
inglés del que se conocieron tan pocos supervivientes. Pero en estos últimos
años que ya la edad no perdona, el frío le había ido dañando la circulación.
Hacía poco que Man había salido del hospital cuando el mar comenzó a adquirir
un extraño color negro, cielo todavía tenía el color azul de un mediodía
despejado. Eran mediados de noviembre e inevitablemente el cargamento del
Prestige estaba saliendo a flote. Habían intentado esconderlo debajo del mar
pero resulta que éste es transparente y lo muestra todo. Desde este día de
diciembre todo el mundo sabía ya que a Galicia se le venía encima una muy
gorda, pero no hay espacio en la mente para visualizar la magnitud de una
tragedia como esta.
-Nunca mais vamos a ver las rocas blancas- era lo que comentaban los
percebeiros cuando recogían chapapote.
Realmente era imposible de quitar, era tan pringoso, viscoso y pegajoso que el
hecho de pensar que todos los voluntarios que llenaban los polideportivos iban
a poder con él era una utopía; porque el chapapote agarraba fuertemente las
palas, y había que cortarlo en rebanadas para poder despegarlo de la masa;
porque en los sitios donde hacían falta palas había azadillas y donde hacían
falta azadillas llevaban palas; porque el mantenimiento de las tareas de
limpieza le estaba costando a las juntas de las comunidades dañadas cantidades
enormes de dinero que no se rentabilizaban; porque, en definitiva, quienes
tenían el interés de limpiarlo no tenían los medios y quienes tenían los
medios, aunque medios había pocos, se preocupaban más de otras cosas.
El caso es que en los meses sucesivos al hundimiento del Prestige la llegada
de los voluntarios dio esperanzas a los habitantes de la Costa da Morte y un
apoyo que les ayudó a hacerlo todo más llevadero. Era como si acabase de morir
un ser querido. Con tanta gente alrededor, tanto movimiento, tantos gestos de
cariño, no había tiempo para tomar conciencia de lo que realmente estaba
pasando, pero tarde o temprano habría que bajar de esa nube y afrontar la
realidad a solas...
La arena era difícil de limpiar, pero las rocas eran imposibles. El museo de
Man estaba sobre las rocas y el chapapote se coló por todas las grietas. Ahora
nada más salir de su casa tenía un pantano de arenas movedizas cuyo olor
tóxico y pestilente impregnaba todos los rincones de su casa. Hubo gente que
con todo el nerviosismo, la impotencia, la rabia... se olvidó de que el museo
seguía estando allí, negro pero allí. Y entraban sin ningún respeto para ver
cómo avanzaba la marea e incluso llegaron a arrancar pináculos para ver cuánto
tardaban en hundirse en el chapapote. Con el agua salada de sus lágrimas,
ahora la única que estaba a su alcance se encerró en su casilla y dejó de
tomar los medicamentos. Fue el día 28 de diciembre, al ver que ya pasaban dos
días sin que Man recogiese el pan que le dejaban en la puerta, cuando
decidieron romper una ventana para ver lo evidente. Entre ellos estaba un
crítico que iba a hacer una fundación para conservar el museo, con chapapote
incluido tal y como lo quiso Man.
Así fue como se confirmó lo que tantos habían estado temiendo desde el día en
que dijeron que “pequeños hilillos” de fuel llegaban al agua y se dirigían a
las costas gallegas... murió el hombre que a muchos había hecho pintar su
primer dibujo abstracto (intencionado) pues abstractas eran sus esculturas. Yo
cuando fui dibujé una.
Clara Aguado López. ©2003